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El Paraguas como amenaza nacional

En la Inglaterra del siglo XVIII estaba estrictamente prohibido usar paraguas.

Así que había de dos sopas (literal): te ensopabas y mantenías tu dignidad intacta, o llegabas a casa seco, pero cabizbajo de tanta de mentada de madre y tomatazos recibidos en el camino (también literal).

Esto último lo padeció por casi 30 años el primer hombre que se atrevió a usar un paraguas en Londres: JONAS HANWAY.


¡Uuuuuutooos!

En esa época para los ingleses el paraguas era un accesorio afeminado, un signo de debilidad de carácter y, peor aún, una costumbre francesa que desafiaba la identidad británica (defensiva, imperialista y culiapretada/puritana).

El ideal inglés era que debías mostrarte indiferente ante cualquier tipo de adversidad, stiff upper lip, dice el lema: “labio superior rígido”, "mantén la compostura" o para tropicalizado “¡aguante vara, compadre!”. Para la mente británica, protegerte del aguacero te volvía un afrutado blandengue. Esa masculinidad estoica, heredera de los romanos, se definía por el control del entorno desde una personalidad imperturbable; es el viejo cliché de seguir tomando el té con el meñique parado mientras caen bombas del cielo. Al rechazar el paraguas, el inglés probaba su superioridad, su capacidad de aguantar la lluvia sin ayuda, a diferencia de esos quejicas extranjeros que necesitaban un "techo portátil".


A este fenómeno sumémosle la siempre presente rivalidad entre ingleses y franceses. Este pleito debe entenderse más como un estereotipo construido históricamente que como el cuento recurrente de la "enemistad natural". La razón es simple: una "enemistad natural" se da por genes o geografía (ejem: México-USA), en tanto el pleito francés-inglés es una elaboración política, económica y cultural a partir de la conquista normanda de Inglaterra (1066), para cristalizarse en la famosa Guerra de Cien Años (1337-1453) entre los dos países.

Entonces, cuando te peleas con el vecino durante siglos, las diferencias se convierten en identidad y el rencor resultante se hereda como una reliquia familiar, una llama que solo necesita alimentarse con partidos de fútbol para no apagarse.

Ahora bien, además de querer proteger su identidad inglesa y su atrincherado repelo a lo francés, la prohibición del paraguas cargaba un fuerte trasfondo comercial. En la Londres de la época, mantenerse seco tenía un precio: había que pagar por un coche de alquiler (hansom cab) o por una silla de manos. Así funcionaban las cosas y punto. Por eso el paraguas representaba una amenaza directa para cocheros y transportistas, un competidor que venía a quitarles su negocio más lucrativo, la lluvia (digamos que era lo que Uber es hoy para los taxis del aeropuerto).

Caminar bajo la lluvia con tu paraguas no solo desafiaba la moda, engañaba el sistema comercial de la ciudad y transgredía la soberanía de la clase trabajadora que vivía de estos servicios, de aquí la ensatanizada con la primera persona que se atrevió a usar un paraguas en Londres, Jason Hanway.


 

Siempre hay un terco en la sopa (lluvia)

Nacido en 1712, Hanway fue un inglés comerciante, viajero, filántropo y uno de los tipos más insoportables que ha dado Inglaterra al mundo —y miren que hay de dónde escoger—.

Recorrió Portugal, Rusia y Persia, sobrevivió a un terrible naufragio y regresó a Londres en 1750 con la costumbre francesa de ir bajo la lluvia sin mojarse. Pese a los insultos, guayabazos en la cabeza e intentos de atropello, Hanway siguió caminando sin dejar de usar su sombrilla —ni perder la compostura— durante casi tres décadas.


La sombrilla tiene una historia milenaria, pero el invento del paraguas plegable se lo debemos al parisino Jean Marius, fabricante de bolsos y estuches sin ninguna vocación científica de principios del siglo XVIII.

Marius había notado que las pelucas empolvadas de sus clientes se arruinaban con la lluvia: una peluca mojada era una catástrofe económica, no un mal día de peinado. Entonces tomó el mecanismo plegable de los abanicos, lo adaptó con varillas metálicas y presentó su diseño ante la Real Academia de Ciencias de París, en 1710.

Le llamó parapluie brisé (paraguas roto), una sombrilla ligera que, gracias a un mecanismo de bisagras y un mástil articulado en tres secciones, se podía doblar sobre sí mismo hasta alcanzar el tamaño de un bolsillo. Esto permitió que la lluvia dejara de ser una excusa para quedarse en casa escondido tras el clavecín. Por esta invención, Luis XIV le otorgó a Marius la exclusiva de su fabricación por un periodo de cinco años. En cuestión de meses el objeto se volvió indispensable entre las damas de la corte francesa, aunque tuvieron que pasar varios años para considerarse apropiado para un hombre respetable.

La presencia de la sombrilla se puede ver en relieves mesopotámicos y pinturas del Antiguo Egipto, donde aparecen monarcas y dioses bajo una sombra sostenida por un sirviente. Pero no era protección, era jerarquía en forma de objeto, y el que sudaba cargando la sombrilla no era el mismo que disfrutaba de ella; esa distancia era precisamente el punto: nadie hacía sombrillas para que las cargara uno mismo.

Por su parte, la nobleza China ya había experimentado con seda encerada mucho antes que cualquier europeo, resolviendo un problema que a nadie se les había ocurrido: que la tela no solo tapara el sol, sino rechazara el agua. Es una diferencia que suena técnica, pero en realidad es conceptual: separar el problema de la sombra del de la humedad tomó entre una civilización y otra más de mil años de distancia.

 

Regresando a Hanway

Pues nada, entre paraguazos y gritos de “maricón”, Hanway tuvo el tiempo para ser también un prolífico escritor, dejando 70 libros y panfletos. Entre ellos hubo uno en particular que le ganó todavía más el odio del personal, pues se metió con una vaca sagrada nacional: el Té.

Essay on Tea (1756), constituye uno de los tratados económico-morales y socioculturales más significativos de la época. Hanway pensaba que el té estaba arruinando al país. Decía que las clases trabajadoras tomaban demasiado, que eso mandaba el dinero de Inglaterra a China, y que además volvía flojos a los obreros: en vez de comer algo que alimentara, tomaban una bebida sin ninguna sustancia. Aseguraba textualmente que el té causaba mal aliento, fealdad y debilitaba los nervios de la población. Cuestión de imaginarse el pleito que se granjeó.

De sus últimos y más respetados esfuerzos escritos se enfocaron en denunciar la crueldad laboral que sufrían los niños huérfanos o pobres obligados a limpiar chimeneas, lo que sentó las bases para las futuras leyes de protección infantil en el Reino Unido.

Curiosamente, a los tres meses de muerto Jason Hanway, en 1786, un anuncio en la prensa londinense promocionaba… paraguas.

 

Epiloco

Cada vez que una tecnología nueva le quita el negocio a un intermediario establecido —como Uber con los taxis de sitio fijo—, la respuesta pública se disfraza de preocupación por las costumbres o la seguridad. Pero el motor real, con aburrida regularidad, suele ser otro: alguien dejó de cobrar comisión. Solo cambia el vocabulario, si hoy se habla de competencia desleal, ayer era el francesito remilgado, pero la estructura es la misma. Cambia el pretexto, no la lógica, y quien pierde un negocio siempre disfraza su queja económica de argumento moral. Un ejemplo de hoy son las apuestas en línea: se las critica como un problema moral o social, pero detrás también hay una pelea por clientes y dinero

El mérito de Hanway no fue tener razón —eso ya era evidente hasta para quienes le tiraban de huevazos—, sino aguantar treinta años de ridículo público por algo tan modesto como no mojarse. Los cocheros, por su parte, no tardaron en perder la batalla porque el acero se abarató antes de que su indignación se agotara. Así terminan estas historias, y no con una conversión moral, sino simplemente con una caída de precios.


Hoy el paraguas se olvida en cualquier lugar, se tira sin ceremonia cuando una varilla se dobla y nadie recuerda que alguna vez hizo falta. Jason Hanway perdió treinta años de dignidad pública para que hoy nadie tenga que pensar dos veces en el objeto que hizo famosa a Mary Poppins y a uno de los acérrimos enemigos de Batman, el Pingüino...



P.D.

Otro valioso ejemplo dentro de la historia donde la sombrilla fue protagonista, es el Movimiento de los Paraguas (Hong Kong, 2014), una masiva protesta a favor de la democracia que duró 79 días. Los manifestantes usaban paraguas para protegerse del gas lacrimógeno de la policía, tranformándose en un símbolo global de resistencia democrática.



 


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